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Un año y pico… (1)

Hace un año y pico que mi queridísimo retoño decidió aparecer para trastocar un poco mi rutina. Esta es la primera parte una pequeña crónica del ése trastocamiento, básicamente en hábitos de lectura.

Comencemos desde los inicios. Se supone que te tienes que preparar una mochililla o similar para llevarte al hospital cuando llegue el momento. Sí, esa mochililla que dices que tienes tiempo de preparar, de la que has hecho una listita en papel y que mañana mismo dejarás hecha. Y por supuesto está sin hacer en el momento oportuno, y la listita de marras que se ha pasado meses pegada con un imán en la nevera elige ése mismo día para jugar al escondite.

Pues bien, en un lateral de ésa lista un servidor había puesto una sencilla palabra: “lectura”. Como no sabes cuándo va a ser no apuntas el qué te vas a llevar. No sabes si será comic, libro, grapas variadas o algún tomillo. Así que pones “lectura” y cubres el expediente.

Pues bien, el día D (bueno más bien la madrugada M) montamos la bolsa medio de memoria y medio con las cosas que habíamos dejado amontonadas sobre la cuna para llevarnos y, por supuesto sin lectura alguna, partimos hacia el hospital.

Está claro que ni durante la dilatación, ni el parto, ni recién subidos a la habitación lees nada de nada. Sólo faltaría que mientras tu queridísima está empujando te pusieses a ver cómo el malo maloso de turno intenta secuestrar a la eterna novia del pijamero de turno…

Entonces es cuando llegan las primeras visitas, y dices que aprovechas para ir a casa, ducharte, mudarte, dar unos mordiscos a algo y regresar. Y mientras lo dices en tu interior piensas “y coger algo para leer”.

Y te vas, y vuelves. Y en la bolsa llevas lectura. Pero el par de días en el hospital te dedicas a limpiar el meconio (o primera caquita), a mirar atontado a la criatura, desvivirte porque tu queridísima esté bien y, sobre todo, soportar a todas y cada una de las visitas que vienen a ver al heredelo.

¿Y leer? ¡¡Y una caca!! Cuando puedes no tienes ganas, y si tienes ganas no puedes.

El día del alta piensas que, como te vas a casa y del amamantamiento y demás se va a encargar tu queridísima, te esperan en tu hogar horas y horas de lectura apasionante. Ni te imaginas lo equivocado que estás, pero eso lo veremos en otra entrada…

Saludos!

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