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Cortadito con pemecuatro

Buenas…

Hace años decidimos empezar a guardar las moneditas de dos leros en una huchilla, por la tontería de turno. Si te daban alguna, pues la separabas y al llegar a casa la metías en la hucha. No valía lo de cambiar billetes intencionadamente. La hucha se nutría del cambio recibido en las compras habituales. No os podéis ni imaginar lo que daba por saco ver que te habían dado una en el cambio…

Bueno, pues tras unos años decicimos reventar la hucha y orgullosos vimos que la cantidad almacenada superaba las tres cifras. Así que invertimos en mejoras en el hogar.

Hace un mes y pico en mi cocina comenzó una nueva era. La era del lavajillas. El maravilloso aparato lavajillero estaba destinado a ahorrarnos minutejos frente a la pila, consumo de agua y demás lindezas. Ahora gastamos más cacharros, platos y cubiertos que nunca, pues hasta que no cargamos el aparato no lo ponemos a lavar. Así que en lugar de friegue por comida, ahora hacemos uno general cada dos días.

Y junto a él, cogidito de la mano, vino también un congelador cuya principal función es almacenar comida para alimentarnos a nosotros y el retoño más adelante. Desde entonces cocinamos para quinientos en lugar de para dos o tres y el resto se pone en cacharritos de ésos redondos y blancos que hemos acumulado de años y años de comida china a domicilio.

¿Y por qué os cuento ésto? Pues porque en la tienda de turno me mandaron a las tres semanas más o menos un bonito cheque regalo, de ésos que se supone que te dan por puntos acumulados o algo así, por la nada despreciable cantidad de treintaytantos leros y con fecha de caducidad el 31 de mayo.

¿Y en qué nos gastamos la pasta? Dejarla pasar era una tontería, pero comprar una tontería también era una tontería. Y comprar una tontería que costase bastante por usar un mísero descuento era una tontería aún mayor.

Así que se me pasó por la cabeza la adquisición de un pemecuatro baratusco. Y no para mí, para el chiquillo.

Yo funciono perfectamente con mi cochambroso y masacrado pemetres de un giga. Le falta la tapa de la conexión USB porque la perdí, le falta la tapa de las pilas porque no sé dónde fue a parar, le faltan las palabras que tenía marcadas porque se han borrado, pero aún suena, así que no necesito jubilarlo aún. Pero se me pasó por la cabeza que para entretener al crío en los trayectos largos automovilísticos, o cuando vas a casa de alguien y no quieres abusar de su confianza para que le ponga dibujos en la tele, con un pemecuatro tienes la solución y es más económico que un dvd portátil.

Así que terminó cayendo ésto. Con 4 gigas, pantalla bastante grandecilla y, lo más importante de todo, altavoz externo. Su precio era cuarentaytantos, pero al usar el cheque me costó menos de diez leros.

Ahora cada vez que se pone cansino se lo endoso y se queda embobado con Bunnytown, los Lunnis, el Babaclub y demás lindezas. Igual pensáis que es un crimen darle semejante tecnología a un crío de dieciseis meses (hoy mismo los ha hecho) y que se lo va a cargar. Por eso mi queridísima le ha hecho una fundita acolchada de fieltro y ya ha resistido ya caídas y lanzamientos varios sin problema alguno.

Y si cuando el crío no lo usa, el padre siempre puede aprovechar para ver algo que no sea del agrado de su madre mientras ella ve algo en la tele. Que ésto es más ligerito que cargar con el portátil a todas partes…

Saludos!

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