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Mi mamá está en América…

Ya os comenté hace unos días que ésta iba a ser una compra obligada en mi siguiente visita a la librería. Y para evitar despistes me armé de boli y post-it, webeé por unas cuantas librerías nacionales online y tomé cuidadosa nota del material a adquirir. Me sirvió para asustarme en cuanto al importe y para que no se me quedara nada sin comprar.

La verdad es que la compra fue corta: Pequeños eclipses, el tomo de Zulli de un relato de Gaiman (no me preguntéis el título, pero Zulli es una pequeña debilidad personal) y éste Mama está en… Habían más cosas en la lista de “deseables” pero la lista de billetes en la cartera era más corta que la de comics a comprar, así que tras varias combinaciones entre precios y euros ése fue el trio vencedor.

Me gusta pagar las cosas con dinero. Aunque tengo tarjeta (una) intento evitarla en la medida de lo posible. Por un lado me proporciona el peligro del desenfreno en el gasto, por otra le cobran comisión a mi amigo librero, y tengo un cajero a dos manzanas de mi casa. Todo ello da pie a que la tarjeta acumule telarañas en la cartera en lo que a pagar se refiere. Ahora, en cuanto a sacar del cajero…

Hey, que me disperso. A lo que íbamos. Tres días me ha costado leerme el tomo. ¿Mucho? Todo lo contrario, tenía que obligarme a dejarlo cada vez para que la maravillosa experiencia me durase más. ¿Para qué engullir el gintonic de un trago y embriagarte de golpe si puedes disfrutarlo sorbito a sorbo y terminar con una buena sensación?

Siempre que hablo con mis amigos les comento que soy muy malo reseñando cosas. No soy capaz de encasillar el dibujo de ningún autor dentro de alguna corriente, o de hacer comparaciones pseudo culturales de influencias o escuelas de pensamiento en determinados guionistas. Normalmente cuando le hablo a alguien de una película, libro o comic le digo lo que ha sido para mí. Lo que me ha transmitido, lo que he pensado o sentido en el proceso. Suelo ser más emocional que cerebral, y ése punto de subjetividad no es bueno en una reseña. A no ser que conozcas a quién se lo cuentas y sepas que tenéis gustos afines.

Y en éste tomo tenía una sonrisa permanente en la cara. Las trastadas del protagonista y su hermano, el punto de vista inocente, las anécdotas en ocasiones familiares… Por eso no quería que terminase. Tenía que alargarlo a toda costa. Pero por fin llegó el inevitable final y, pese al pequeño desencanto sufrido, la sonrisa no ha desaparecido.

La forma de contar la historia, mediante textos breves respaldados por los dibujos simples y limpios, casi infantiles, ayuda más aún a meterse en la piel del protagonista. Incluso el tipo de letra utilizado nos ayuda a ello. Nos da la sensación de que es realmente un crío el que nos cuenta la historia.

Este fin de semana si puedo me meteré el lingotazo de gintonic de golpe, para disfrutar de nuevo de ésos maravilloso dibujos y ésa inocencia enternecedora que me ha transmitido la historia.

¿Y de qué va? Pues una vez más os enlazo a la web del amigo Sergio y lo miráis allí, aunque en ésta ocasión fue Mario el autor de la reseña.

Saludos!

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