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El coleccionista sin colecciones

Hoy, como si del guardián de la cripta se tratase, os voy a contar una terrorífica y espeluznante historia de terror: el coleccionista sin colecciones.
Erase una vez un muchacho que vivía en un pueblecito y al que le gustaban los comics. Iba todas las semanas a su kiosco habitual y adquiría su ración de bocadillos, onomatopeyas y viñetas.
Un buen día su kiosquero le dijo que ya no iba a recibir más números de los tebeos que le guardaba, que en la distribuidora le habían dicho que la editorial abandonaba la distribución en kioscos.
Preocupado por no poder continuar con sus colecciones, el pobre chico decidió preguntar a sus amigos coleccionistas para ver si a alguno se le ocurría cómo salir del trance.
“Mi primo tiene internet” -dijo uno de ellos. “Podemos ir a su casa y buscar alguna librería de las que venden por correo y hacer un pedido conjunto para ahorrarnos gastos de envío”. Y ni cortos ni perezosos el grupo de jovenzuelos se dirigió a la casa del mencionado primo con la intención de comenzar a realizar pedidos digitales.
Al llegar allí el primo de su amigo les dejó usar su computadora, que al disponer de tarifa plana y banda ancha les iba a proporcionar todo el tiempo que necesitasen hasta encontrar cual de las librerías posibles les podía suministrar más económicamente su ansiada mercancía.
“Primo, no hagas el primo” -dijo el primo (muchos primos juntos ¿no?). “Existe una cosa llamada perfil bajo, que consiste en descargarte lo que tú quieres en el ordenador y así leerlo sin pagar”.
La idea tentó a nuestro grupo de mozalbetes, que terminaron bajando algo a modo de prueba. Una prueba siguió a otra. Y otra más. Y tiraron de hemeroteca digital y rellenaron huecos en sus colecciones. Y como uno de ellos había estudiado inglés con los fascículos que regalaban en el periódico, se atrevieron incluso a bajarse alguno en “versión original”.
De ésta forma todos ellos se grababan día a día, semana a semana, mes a mes, compactdises con las colecciones completas que querían y las novedades que iban saliendo. Ninguno de ellos compró nunca jamás un sólo comic.
Conforme pasó el tiempo éstos muchachos fueron corriendo la voz de lo que hacían. Sus amigos comenzaron a seguir sus pasos. Y los amigos de sus amigos, y los de éstos…
Y llegó un momento en que todos en el pueblo se descargaban los comics (y música y pelis, pero eso no nos interesa ahora). Y al venir en navidades los que habían emigrado a otros pueblos y ciudades se hicieron “copias de seguridad” de lo que ya estaba descargado y se apuntaron cuáles eran las webs de descarga.
Y poco a poco la bola de nieve se hizo más grande. Hasta que un día los comics dejaron de editarse porque ya no los compraba nadie.
Y así fue como murió la industria comiquera, por culpa de la gente que era coleccionista de comics pero no tenía ninguna colección de comics, sólo archivos grabados.
Y por eso Quesada y Didio acuden juntos todos los días a un comedor de caridad para que les den gachas para comer.
Si no quieres que ésto pase ya sabes cuál es la moraleja: que sigan distribuyendo en los kioscos (¿o la moraleja era que no te descargases comics?)

Saludos!

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